Los cubanos… ¿de la Atlántida?
Gilberto Dihigo.-Cuba, la linda isla del Caribe donde habitan esos seres llamados cubanos, capaces de imaginar teorías e ideas que harían sonrojar al mismísimo Julio Verne si regresara a la vida. Cuba, esa isla cercana al gigante del Norte que durante años debatió su destino entre la anexión o la independencia.
Cuba, de nuevo en el tapete internacional, en busca de un cambio que —valga la redundancia— cambie la vida de los cubanos que viven en la isla y también de aquellos que residen en el exterior y sufren al ver deteriorarse el país donde nacieron.
Hace algún tiempo, un amigo dominicano me dijo, después de ver un reportaje en televisión, que existía la tesis de que un fragmento del continente perdido de la Atlántida podría haber sido Cuba. Y si eso fuera cierto —añadió con una sonrisa—, entonces los cubanos seríamos atlantes.
¡Caramba y reconcholis… somos de la Atlántida! Tal vez por eso nunca nos ponemos de acuerdo —lo cual tampoco es tan malo hasta cierto punto— y todos tenemos una teoría que defendemos con pasión casi científica.
Me tomé el trabajo de leer muchos de los criterios que circulan sobre el futuro de la isla. Hay optimistas, pesimistas, incendiarios, pacifistas, irónicos, burlones y hasta algunos que parecen escribir desde la pura improvisación. Todos despliegan inteligencia en sus argumentos. Sin embargo, hay una realidad difícil de ignorar: nadie sabe nada con certeza.
Las especulaciones abundan, pero carecen de una base sólida donde sostenerse. La política es un terreno oscuro que rara vez muestra sus cartas y suele cerrar sus acuerdos lejos del interés del pueblo y más cerca del más fuerte. Al final, las esperanzas depositadas en determinado político suelen estrellarse contra el muro de la frustración cuando ese individuo no cumple con lo prometido.
Aun así, el ejercicio intelectual resulta admirable. La pasión se desborda porque, al final, hablamos de los cubanos: esa especie que discute con igual intensidad de béisbol, dominó o geopolítica internacional.
Recuerdo que en mi época universitaria tuve una novia finlandesa. Un día la llevé a una fiesta y, apenas llegamos, me senté con unos amigos a discutir sobre béisbol. La conversación subió de tono, como siempre ocurre entre cubanos. Al rato se me acercó una muchacha y me dijo:
—Oye, tú viniste con la extranjera… está llorando.
Fui de inmediato a verla y le pregunté qué pasaba.
—Tengo miedo —me dijo—. Pensé que ustedes se estaban peleando.
No nos entienden. Es que nosotros, evidentemente, somos de la Atlántida.
Tal vez por eso el encenizado en jefe repetía tantas veces aquello de que nos hundiríamos en el mar. Quizá sabía algo que nosotros ignoramos. Quién sabe si, en el fondo, somos anfibios. Mientras tanto, las teorías sobre Cuba seguirán apareciendo como peces en temporada de desove: cada cual con su versión definitiva del futuro de la isla.
Y al final, como buenos atlantes, seguiremos debatiendo con pasión infinita… mientras el mar decide si nos hunde o si, por pura ironía histórica, terminamos aprendiendo por fin a nadar. En fin, el mar
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