CAMINAR CONTRA LAS SOMBRAS

 

Gilberto Dihigo.-Hoy salí a caminar y me detuve a mirar las nubes con sus contorsiones cambiantes: algunas blancas como ovejas, otras grises y pesadas como mujeres embarazadas. Respiré a todo pulmón para olvidar los dolores punzantes e impedir las quejas de esa parte indómita del subconsciente que aún no logro dominar. 

Estoy en pleno proceso de transformación, en busca de que la sabiduría de mi cuerpo expulse por completo a la pandilla de “Milly” —el cáncer Mieloma Múltiple—, esos bandidos que asaltaron malignamente a “Titina”, mi salud, y la quebraron por completo hace seis años.

Hoy, al andar por las calles de Miami, miré mis pies adoloridos por la neuropatía y, en silencio, los felicité. Porque hace media docena de años no podía caminar: estaba postrado en una silla de ruedas, en un estado lamentable. 

Agradecí, también en silencio, a mis pies por su resistencia, y mantuve el paso con una sonrisa que dediqué a cada persona que cruzaba mi camino. Mi estado de ánimo empezó a mejorar, y los pensamientos sombríos provocados por el dolor comenzaron a disiparse.

No siempre es fácil mantener un estado positivo, pero si tenemos las armas para regresar al lado más claro de la vida, es imperativo usarlas. Hoy salí a caminar para escapar de la tristeza, prima hermana de la depresión, esa reina malvada de las emociones que nos lleva de la mano hacia los parajes más oscuros de la conciencia. Caer en sus redes es uno de los peores naufragios posibles.

Por eso debemos ser capaces de valorar lo que tenemos: ese don insuperable, maravilloso y siempre esperanzador que se llama vida. Esa sola palabra —vida— basta, muchas veces, para hacernos sentir un poco mejor. Siempre tenemos a alguien a quien amar, y siempre hay alguien que nos ama. Y ese sentimiento, el amor, es la pócima más poderosa cuando la debilidad aparece y los demonios de la negatividad asoman su rostro.

Como dijo el poeta Pessoa, y hago mías sus palabras: “Quien quiere poco, tiene todo; quien quiere nada, es libre; quien no tiene y no desea, siendo hombre, es igual a los dioses”… “Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas”.

La felicidad no es una meta ajena: es una construcción personal. Si miramos lo que tenemos, y no lo que nos falta; si recordamos que llegamos a este mundo desnudos y nos iremos, con suerte, con una sola muda de ropa antes de convertirnos en polvo o cenizas, sabremos que no hacen falta elogios para ser humanos, ni aplausos para entregar lo que ilumina y da vida.

Hoy salí a caminar para combatir al yo quejoso, peleador y negativo. Y en ese andar, recordé que la existencia pasa, que el tiempo no se detiene, y que no hay justificación válida para no disfrutar de los mínimos momentos… como mirar las nubes, al final “puedes encontrar muchas derrotas, pero no debes ser derrotado”, un salvavidas que lanzo la escritora Maya Angelou. No lo olviden, sean felices, siempre hay tiempo





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