Morirse ya no es lo que era
Gilberto Dihigo.-Dentro de este mundo que cada vez es más digitalizado y nos lleva poco a poco —digo yo— a sufrir una metamorfosis, no en un cucarachón como aquel que atisbó el atormentado escritor checo llamado Franz Kafka, sino en una simple aplicación, sumándonos a una "store" repleta de herramientas: que si para comprar comida, que si para buscarte un auto, reservar en las líneas aéreas, alquilar una habitación y muchas más que ahora mi cerebro de boomer no recuerda… pero ha surgido una nueva que, sinceramente, no me interesa en lo absoluto. Y sospecho que a muchos de mis lectores tampoco.
Se trata de una app con nombre tétrico: "Death Clock". Sí, así como suena. “El Reloj de la Muerte”. No es una banda musical de metal, ni una película de terror de bajo presupuesto. Es un invento muy serio —o eso dicen sus creadores— que calcula la fecha probable de tu fallecimiento. Para eso, te hace preguntas sobre tu estilo de vida, tus hábitos alimenticios, tu rutina de ejercicios (o la ausencia de ella), tus niveles de estrés y hasta tu genética si la tienes mapeada. Un verdadero horóscopo digital con fecha de caducidad incluida.
La aplicación es dirigida, por supuesto, por una funeraria IA —porque ya ni la muerte escapa del algoritmo—, y su fundador y CEO, Brent Franson, la presenta como una herramienta para “crear conciencia sobre la salud y motivar a mejorar nuestros hábitos”. Suena noble, pero uno no puede evitar preguntarse si no sería más práctico dejar de fumar y caminar un poco más, beber menos alcohol, sin necesidad de que una máquina diga que te quedan 12 años, 3 meses y 4 días.
Explicaciones más o menos convincentes de este iluminado del Silicon Valley, lo cierto es que muchos ya usan la aplicación para saber cuándo “les van a dar la patada a la lata”, como decimos los cubanos, o “estirarán la pata”, otra manera latina, no menos gráfica, de anunciar que alguien pasó a mejor vida.
Y uno piensa: ¿en serio necesitamos esto? ¿No tenemos ya suficiente con los noticieros, las deudas, el cambio climático, los debates políticos, el precio del huevo, las malas decisiones amorosas y los resfriados que ahora se llaman “síndromes post-virales”? ¿Hace falta también que el teléfono te avise que en 2041 vas a cerrar los ojos para siempre, con una notificación tipo: “Prepárese. Le queda una década”? ¡Por favor!
Yo, por mi parte, prefiero seguir sin saber. La muerte ya tiene suficiente trabajo viniendo sin avisar, como para que encima uno le ponga fecha en el calendario. Además, con el estado actual del planeta, entre crisis, guerras, pandemias, sequías, aplicaciones absurdas y series malas en streaming de Netflix, lo raro es que la aplicación no te diga: “Vaya preparando el traje, que lo suyo es en cualquier momento”.
Claro, ya me imagino las actualizaciones de la app: “Su muerte ha sido reprogramada para una fecha más temprana debido a su reciente aumento de colesterol. ¿Desea compartir esta noticia en redes sociales?”
Porque sí, seguro tendrá botón para compartir en Facebook, con opción de incluir un emoji con alas que imita a un angelito u otro con tridente de su rival el demonio.
Así que, amigo lector, si alguna vez le llega la tentación en descargar esta joya tecnológica para que le pronostiquen la fecha de caducidad, mejor piénselo dos veces. Porque, entre nosotros, vivir con incertidumbre siempre es parte del encanto. Y cuando la muerte decida llegar —con o sin notificación—, no preguntará por tu aplicación ni respetará tu agenda. Al final, como dijo mi abuela cuando le regalaron un reloj nuevo: “Mientras marque la hora, todo va bien… el problema es el día que se detenga.”
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