Enero no miente, mienten los hombres

 

Gilberto Dihigo.-Si hay un mes que recibe mentiras año tras año, ese es el pobre enero. Y no por culpa suya, sino de los terrícolas —el verdadero nombre de todos nosotros, más allá de los gentilicios impuestos por el azar del nacimiento—, ese azar que decide que la vida del niño estadounidense Tom sea mucho más iluminada que la del infante Jean en Haití o la de Miguelito en Cuba. Uno nació en un país poderoso; los otros dos… bueno, ya saben.

Pero volvamos a las mentiras de enero. Muchos juran que dejarán de fumar para siempre, y harían bien en cumplirlo, porque más de ocho millones de muertes al año están relacionadas con el tabaco, según cifras oficiales de la Organización Mundial de la Salud. De ellas, alrededor de tres millones corresponden a muertes por cáncer causadas directamente por fumar. El tabaco es responsable de entre el 22 y el 25 % de todas las muertes por cáncer en el mundo.

Sin embargo, esa promesa casi nunca se sostiene. A los pocos días, la adicción vuelve a imponerse y aparece la frase cómoda: “De algo hay que morirse”. Es cierto que dejarlo es difícil; lo verdaderamente lamentable es que, cuando caen presos de la enfermedad, entonces llegan los lamentos.

Otros que también juran obedecer, aunque sea por unas horas, son los bebedores. El 31 de diciembre, entre rones, aseguran: “Este es el último trago que me doy”. Resisten como el toqui mapuche Caupolicán, con el tronco sobre los hombros, pero antes de que termine enero ya están tomando una cerveza. “La cerveza es más suave, no es ron”, dicen, sonrientes, como si la mentira cambiara de nombre.

Prometemos y prometemos. Promesas dichas en voz alta y otras susurradas frente al espejo. Prometemos cambiar, mejorar, empezar de nuevo. Juramos abandonar lo que nos daña y abrazar lo que nos falta. Pero, al final, casi todo se diluye, se desinfla, se pospone. Este año le dije a la buena Marisol que venía diferente, y ella, cada vez que me oye esas frases, se asusta.

Lo primero de mis cambios es claro: ocuparé mi tiempo con quienes realmente buscan mi amistad. Basta de hipocresías con personas que, en el fondo, no me estiman. No me quedaré callado ante lo que considero injusto o mal hecho. Disfrutaré más de mi soledad para escribir libros, y no me importa si los “amigos” que dicen ser amigos no respaldan ese trabajo.

Hay más detalles, pero no quiero escandalizar a Marisol. Lo esencial es que intentaré seguir vivo, y para eso procuraré alimentarme mejor, comer más frutas y verduras. Esa es una promesa que sí vale la pena cumplir, por una razón simple y existencial.

En fin, estamos en enero, y el año ya arranca con pólvora en el aire: la orden de captura contra el mandatario venezolano Nicolás Maduro, dispuesta por el presidente Donald Trump. Como todo lo humano, la noticia es celebrada por unos y condenada por otros. Nadie es inocente en este teatro.

Así comienza 2026: con promesas que se dicen para calmar conciencias, con verdades a medias, con discursos que envejecen más rápido que los propósitos de enero. Un año que se anuncia intenso, pero que, como casi siempre, dependerá menos de lo que se proclame y más de lo que se cumpla.

Porque al final, enero no miente. Mienten los hombres.



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