DELCINA: la luz que no se apaga
Gilberto Dihigo.-Extraño a mi madre. La extraño con cada poro, con cada respiro. Ella sigue conmigo en mis recuerdos más luminosos, y también cuando observo a sus nietos —los cubanos y los gringos— porque en todos ellos está su rastro.
La veo en Marisol que, por esas ¿casualidades?, comparte con ella el signo Acuario y, a veces, me la recuerda en sus risas, en sus humores, en esa manera particular de mirar la vida. Hay días en los que abrazo el aire y siento su presencia. Sí, extraño a mi madre… y sé que no soy el único. Muchos de los boomers crecimos con un profundo respeto y amor por nuestros padres. Bendecidos quienes aún los tienen para cuidarlos; y quienes ya no, los honran como pueden, igual que yo.
Sin ánimo de exagerar —aunque quizá peque de injusto— siento que, salvo excepciones, las generaciones más jóvenes no reaccionan con ese mismo sentido de devoción. Uno escucha historias de hijos que dejan a sus padres a la deriva, los abandonan en instituciones y nunca regresan a verlos… o de quienes emigran y se olvidan de los viejos que un día les dieron todo.
Cuando llegué a Estados Unidos, antes de integrarme a la televisión, trabajé manejando un ómnibus que llevaba señoras mayores a una clínica. Había una de ellas que, cada viernes, antes de devolverla al hogar de ancianos, me decía: “Este fin de semana viene mi hijo —el que trabaja en televisión— y le hablaré de ti”.
Y semana tras semana repetía, con una tristeza que intentaba ocultar: “No pudo venir… pero seguro vendrá la próxima”.
Recuerdo también que un día conversé con un hombre que había llegado a Estados Unidos a través de la Operación Peter Pan. Después de muchos años aquí, sus padres lograron reunirse con él. Me miró con frialdad y dijo: “¿Y qué voy a hacer yo ahora con estos dos viejos?”. Su mente racional quizá tenía argumentos, pero su corazón había olvidado el idioma del amor.
En mi caso, la vida me concedió un milagro. Logré sacar a mi madre hacia México en 1997; fue el momento más feliz desde mi salida de Cuba en 1994. Y tuve la bendición de acompañarla en los últimos momentos de su vida.
La extraño… y cada vez que la memoria me la trae de regreso, vuelvo a sentir aquello que escribió mi amiga querida Airela Ramírez en Gajos de memoria, un verso que parece escrito para mi Delcina:
“Hoy no te anido / dueles como nunca.
Ausencia, / brazos al viento / que esperan.”
Y aun así, cada vez que el viento roza mi rostro, siento que su alma sigue haciéndome señas desde algún lugar luminoso. Porque las madres no mueren: se quedan viviendo en la respiración de nuestros recuerdos.
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