Dolores, Milly y yo
Gilberto Dihigo.-Desde hace seis años vivo con Dolores, quien llegó de la mano de la ya conocida Milly ( cáncer Mieloma Múltiple). Ella, aprovechando un desacuerdo interno entre mis células, logró amotinarlas en mi contra y atacar mi columna vertebral: un tipo recto, sin problemas, al que le comprimieron cinco de sus queridas vértebras. Justo ahí apareció Dolores, con toda su arrogancia, dispuesta a torturar al sistema nervioso, que poco podía hacer ante semejante arremetida.
Por suerte, el cerebro —sabio viejo— empezó a meditar, buscando darle un poco de paz al cuerpo inmóvil en la cama, azotado por Dolores. Los médicos ofrecieron pastillas opioides, pero el cerebro susurró con claridad: “No las tomes, no me dejes solo”. Y así lo hice. Apreté fuertemente el cuerpo en la parte de abajo y aprendí a convivir con Dolores. Ella, molesta por no poder doblegarme, se marchó dejando a sus hijas, Lola y Lolita, que aunque latosas, no son como su madre.
Milly, por su parte, perdió terreno con unos nuevos brebajes que la mantienen a raya. Es cierto que provocan otros malestares, pero se toleran gracias al respaldo del amigo cerebro y al reaprendizaje del jefe subconsciente, que trata de entender este plan de transformación que ahora lidera el ser llamado Gilberto Dihigo.
Claro, hay días en que se cuela Fefa, la depresiva, justo cuando las defensas están de capa caída por Dolores, quien camina más sabrosa por dentro. Entonces, el cerebro y el subconsciente hacen su parte: me empujan al gimnasio o me lanzan a ver una comedia para activar las endorfinas. Y sí, ahí estoy, riendo a carcajadas, como siempre. Porque al final, no importa si hay cáncer, Dolores o Fefas de turno: si uno está preparado mentalmente, se puede seguir viviendo con la cabeza en alto.
Vivir con dolor sin rendirse es una forma silenciosa de dignidad y eso hago para mantener mi sentido del humor intacto y mantengo vigente la máxima de que el "dolor es inevitable, pero el sufrimiento opcional"
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