UN SOLO GALLO EN EL CORRAL
Gilberto Dihigo.-Unos años atrás, los Dihigo del Palenque nos fuimos de Miami hacia Orlando, y hace pocos días retorné a la ciudad por asuntos de trabajo con la Fundación Martín Dihigo y la presentación de dos libros de mi autoría. Quedé asombrado por los cambios arquitectónicos de la urbe floridana, aunque su tráfico sigue tan infernal como en la época en que transitaba con los corticos a bordo, alienado por el Palmeto, azuzado por los veloces choferes, émulos enloquecidos de la Fórmula 1.
Pero en realidad, lo que más me llama la atención en este nuevo encuentro con Miami es la proliferación de gallos, sobre todo en el Downtown.
Las orgullosas aves pasean por calles, parques y edificios sin ser molestadas, y detrás corren nerviosas las gallinas con sus polluelos, una imagen repetida en diferentes escenarios. En el residencial de mi compadre y amigo Patterson, observo curioso a un gallo de cuello amarillo y rojo como el fuego en las alas y el resto del cuerpo. Camina arrogante, consciente de que es bello, y los otros gallos le ceden el paso cuando estira el cuello y canta. Pienso que su canto dice:
“¡Carijo, aquí estoy yo, su rey!”,
Toda la grey alada detiene por unos instantes la marcha al escucharlo. Luego de cantar con toda su potencia, mira a su alrededor como esperando un elogio, y camina despacio, complacido, cuando escucha el cloc, cloc nervioso de las gallinas al apurar a los pollitos. Él toma esos cacareos como elogio, y avanza por el césped del condominio engreído y pavoneándose.
En la antigüedad, los gallos estaban consagrados al dios de la guerra, Ares, por su agresividad y valentía. Y en ese equilibrio que ofrece la vida, los griegos también ofrecían gallos al dios de la medicina, Asclepio. Dicen que el filósofo Sócrates, antes de morir, dijo:
“Critón, debemos un gallo a Asclepio. Págaselo, no lo olvides.”
La historia no recoge si Critón cumplió con la petición sanadora del “más sabio de los hombres”, como bautizó el oráculo de Delfos a Sócrates.
Los romanos, por su parte, llamaban a los gallos los guardianes del tiempo, por su canto al alba. En Persia fueron considerados sagrados y representaban el espíritu de la luz (Ahura Mazda). En China y Japón simbolizaban el orden cósmico, la fidelidad, el calor y la protección contra el mal. Los japoneses, incluso, dejaban gallos sueltos en sus templos, pues creían que ahuyentaban los malos espíritus.
El combate verbal entre Donald Trump y Elon Musk —hecho predecible por las personalidades de ambos— recuerda, en cierto modo, la pelea de los gallos. Cada uno canta alto y sin dudas por el puesto que ocupa el gallo principal sigue siendo el presidente Trump, a quien Musk ha criticado amargamente, llegando a decir:
“Sin mí, Trump habría perdido las elecciones.”
Y advirtió a los congresistas:
“A Trump le quedan 3,5 años como presidente, pero yo estaré aquí más de 40 años.”
El kikirikí de Trump fue definitivo al asegurar que no tiene intención de reparar su relación con el multimillonario tecnológico, y lanzó una amenaza velada: si Musk apoya a los demócratas en las elecciones de medio término, tendrá que pagar las consecuencias. Ese último kikirikí no se sabe en qué puede desembocar.
Solo puede haber un gallo en este corral bullicioso de la política, y ese, sin dudas, por ahora es Donald Trump, quien acaba de dejar desplumado al confianzudo Elon Musk. Moraleja: En todo corral manda el que canta más fuerte, pero solo uno se queda arriba del palo.
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