"No se acabó el querer"

 


Gilberto Dihigo.-El hombre observa, curioso, por la ventana. Ve pasar a varias personas que caminan despreocupadas por la calle, cada una ensimismada en sus propios problemas. Ninguna de ellas alza la vista al cielo, como si ignoraran —o tal vez prefirieran ignorar— que, en otros rincones del mundo, ese mismo cielo puede partirse en dos por cohetes portadores de muerte. 

Allá, en Israel, en Irán o en la lejana Ucrania, desde hace tres años se combate contra las ansias expansionistas del remedo de Stalin, el KGB ruso llamado Putin,  donde no es raro que un edificio estalle sin previo aviso y los inocentes que dormitaban crucen sin transición del sueño a la eternidad.

Dentro de 48 horas sumará 365 días más al calendario de su vida. Recuerda que en los últimos años los ha vivido en la llamada tierra prometida de los inmigrantes, la tierra de los hombres libres y el hogar de los valientes. Sin embargo, hoy esa tierra es peligrosa para quienes un día llegaron en busca de protección frente a dictaduras, al hambre o a la persecución en sus países de origen. 

Muchos de ellos son deportados con violencia. Esa crueldad sistemática le recuerda una poderosa quimioterapia llamada “el martillo”, que le aplicaron antes  de su trasplante de médula: tan eficaz que no solo eliminó las células cancerígenas, sino también las buenas. Así ve el actual sistema de expulsión: necesario, quizá, para algunos casos, pero devastador para muchos otros —personas sin antecedentes penales, incluso perseguidos políticos reales— que pagan por los crímenes de otros.

Mueve la cabeza con desaliento. Le duele la indiferencia, esa actitud que parece haberse vuelto común en estos tiempos. Entonces, recuerda una vieja canción popular cubana que dice: “Nadie quiere a nadie, se acabó el querer”. Sonríe. La letra, tan tajante, le parece falsa. Sabe que, aunque muchos puedan identificarse con ese estribillo, hay todavía una mayoría que no deja de amar, ni de preocuparse por los otros.

Él mismo lo experimento. Cuando su esposa organizó una recaudación de fondos en un momento crítico de su tratamiento contra el cáncer, muchos amigos aportaron dinero. Otros enviaron afecto, acciones nobles que eliminaron su escepticismo de la validez del acto. 

Y cuando esa misma esposa, diligente y amorosa, en complicidad con algunos cómplices del cariño, le preparó una fiesta sorpresa de cumpleaños, entendió que no: no se acabó el querer. Lo que ocurre es que muchos están distraídos, inmersos en sus propios dramas, pero cuando llega el momento, demuestran que no todo está perdido y que aún saben entregar el corazón.

Sonríe. Se aleja de la ventana y escribe en su computadora, un texto que recuerda de Mario Benedetti y lo ayuda a darle punto final a sus pensamientos: “Defender la alegría como una trinchera, defenderla del escándalo y la rutina, de la miseria y de los miserables, de las ausencias breves y las definitivas.” Defender el afecto y la solidaridad, eso nos hace humanos, porque a decir verdad no se acabo el querer.


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