IA, HONGOS Y CUCHILLOS: CRÓNICA DEL DELIRIO MODERNO

 


Gilberto Dihigo.-Amiguitos y amiguitas, si mal no recuerdo, así comenzaba un programa dominical de la televisión cubana llamado La comedia silente, donde el cine mudo cobraba vida gracias al increíble Armando Calderón, un caballero en toda la extensión de la palabra.

A Calderón se le adjudicó una interjección mal sonante al aire —dicen que gritó una palabra de una rigidez inaceptable en televisión— y la cual con el tiempo se convirtió en leyenda. Él siempre lo negó. Y yo le creo. Trabajé con él en la fábrica Sabaté (rebautizada luego como Sergio Sierra Cabrera) y jamás le escuché una frase fuera de tono. Callado, serio, sonreía apenas cuando los jodedores intentaban imitarlo. Lo suyo era la compostura.

Recordé eso porque las noticias que circulan hoy por el mundo, si no fueran ciertas, provocarían carcajadas que espantarían al insomnio. De hecho, riámonos ya, por los desmadres de la inteligencia artificial —IA, para los socios—, que este año invento 58 casos falsos en tribunales. No es ciencia ficción. Es literal.

La IA se ha vuelto una tentación para muchos abogados quienes creen que con ella se ahorran el trabajo sucio. Pero como advirtió el profesor Frank Pasquale, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Cornell al Washington Post, los abogados deben asegurarse de que todo lo presentado ante un tribunal sea revisado previamente por un ser humano. Vaya novedad.

Y agregó: si les clavan multas elevadas o les suspenden la licencia por un tiempo, puede que se les pase el encanto. Porque, sinceramente, muchas respuestas de IA parecen estar generadas por un borracho delirante con acceso a Wikipedia.

Hablando de delirio, resulta que el delirio químico es ahora la nueva musa de los gurús tecnológicos. Sí, amiguitos, no es broma: en Silicon Valley están tomando al pie de la letra lo del viaje espiritual y están probando alucinógenos como la ayahuasca y la psilocibina, sustancias ancestrales que antes consumían los chamanes y ahora usan los ingenieros de software. Vaya mezcla. Antes eran brebajes sagrados de pueblos originarios; hoy son fuente de inspiración para crear apps que nos roban el alma mientras dormimos.

La ayahuasca —una infusión de Banisteriopsis caapi y Psychotria viridis— es un alucinógeno potente usado en rituales chamánicos del Amazonas. Hoy la estudia la Universidad John Hopkins por sus efectos prometedores contra la depresión resistente, el estrés postraumático y las adicciones. De la selva al laboratorio con bata blanca.

La psilocibina, por su parte, está presente en más de 200 especies de hongos mágicos. Fue usada por culturas mesoamericanas como los mazatecos, especialmente en Oaxaca, en ceremonias llamadas “veladas”. 

Provoca visiones, pérdida del ego y conexión mística con… bueno, con lo que toque. También la investiga Johns Hopkins para tratar la ansiedad, la depresión severa, el TOC y las adicciones al tabaco y al alcohol. Santo remedio.

Así que ya sabes: si estás pensando en dejar el ron, el cigarro o el capitalismo, no busques al psicólogo —busca un hongo. Eso sí, con receta o al menos con buena compañía.

Para no caer en las garras de la IA, investigué lo justo con el viejo Google (que debe estar festejando los errores de su rival) y no encontré evidencia sobre denuncias legales contra plantas que te hacen volar. Al parecer, alucinógeno sí; ilegal, depende del zip code.

Y como broche final: en TikTok hay ahora tutoriales para enseñar a los jóvenes a usar cuchillo, tenedor y cuchara. Porque, al parecer, los padres modernos no aprobaron la materia de modales. Antes eso lo enseñaba mamá, abuela, o una buena chancleta. Hoy lo enseña un influencer de veinte años con filtro de cachorro.Nada, este es nuestro mundo actual y no hay quejas porque todavia no hay vuelos para Marte. En fin, el mar.


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