Adelantar la raza: el racismo que se hereda
Gilberto Dihigo.-Hay expresiones racistas que, aunque repetidas con tono aparentemente inocente, humillan profundamente. Lo más doloroso es que muchas veces, quienes las sufren terminan por aceptarlas y repetirlas como parte del paisaje cotidiano.
Un ejemplo tristemente habitual es esa frase —escuchada aún hoy en boca de discriminadores y discriminados— de que los negros cuando se casan con personas de piel más clara “adelantan la raza”, como si ser negro fuera un defecto de fábrica, un atraso genético o un obstáculo social que se debe diluir con sangre blanca.
La frase, aunque repulsiva, tiene un trasfondo histórico real. Durante siglos, los negros y mulatos fueron tratados como ciudadanos de segunda categoría.
Se les negó el acceso a la educación, a los empleos calificados y a la movilidad social. En ese contexto, muchos padres afrodescendientes apostaban por el mestizaje como estrategia de supervivencia para sus hijos.
El hijo o hija de tez más clara tenía más probabilidades de escapar del cerco de la exclusión. Muchas veces, ese blanqueamiento venía acompañado de la negación de los orígenes: se ocultaban los abuelos, se disfrazaban las raíces, se evitaban los apellidos. Así surgió esa pregunta inquisitiva que todavía se escucha en la isla: ¿Y tu abuela dónde está?
Como señala en la revista “Encuentro de la Cultura Cubana”, el intelectual cubano Enrique Patterson, esta frase encierra una carga simbólica feroz: revela el deseo de ocultar el origen negro como forma de acceder a espacios de privilegio, y muestra cómo el racismo persiste en Cuba “no como escándalo, sino como norma silenciosa que regula privilegios y exclusiones” (Patterson, 2000, p. 123).
El color de la piel no determina la inteligencia, la capacidad, ni la dignidad de una persona. Sostener lo contrario es una falacia criminal con siglos de violencia simbólica y real. Como afirma Frantz Fanon en “Piel negra, máscaras blancas”, el colonialismo no solo impuso cadenas físicas, sino también mentales: moldeó identidades para que los oprimidos llegaran a despreciarse a sí mismos.
En el presente, estas ideas no desaparecen. Según el Informe Regional sobre Desarrollo Humano del PNUD (2021), las poblaciones afrodescendientes en América Latina y el Caribe enfrentan desventajas sistemáticas en ingreso, empleo y acceso a servicios públicos. En Cuba, aunque el discurso oficial proclama la igualdad racial, la realidad muestra que los barrios más empobrecidos, los trabajos más precarios y las tasas más altas de exclusión siguen teniendo rostro negro. Como también ha denunciado Patterson, el racismo en la isla “no ha desaparecido, sino que ha mutado y se ha vuelto más silencioso, más institucional y más funcional al sistema”.
Los ejemplos actuales abundan. En 2023, la periodista afrocubana Karina Marrón González denunció en redes sociales cómo fue desplazada de espacios televisivos por “cuestiones de imagen”. En el ámbito deportivo, el caso del futbolista brasileño Vinícius Jr. en España reveló hasta qué punto los insultos racistas pueden normalizarse sin sanción real, hasta que la víctima decide alzar la voz.
El problema es que el viejo conflicto racial rara vez se analiza desde sus causas más profundas. Los prejuicios siguen dominando el escenario, disfrazados de lógica o de tradición, y contaminan el juicio social. El racismo se reproduce en el lenguaje, en las estructuras y en las costumbres, como una herencia que se acepta sin confrontarla. “Hasta que el color de la piel de un hombre no tenga más importancia que el color de sus ojos, no conoceremos la paz.”— Haile Selassie I (citada por Bob Marley en “War”)
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