SIMPLES MORTALES
Gilberto Dihigo - Los homo sapiens, especie a la que orgullosamente pertenezco, somos un cóctel complejo de elementos químicos, donde destacan el carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo y varios otros que, unidos a las biomoléculas, hacen posible que ahora pueda escribir, reflexionar y reír, como cualquiera de ustedes. No somos tan significativos como a veces creemos y olvidamos que, gracias a la unidad de todos esos elementos, caminamos por las calles y debatimos sobre deportes o política.
Vivimos en un planeta de seres humanos desunidos que justifican esta fragmentación por fronteras imaginarias, banderas e himnos creados que nunca podrán superar la esencia de que todos, sin distinción, somos homo sapiens que habitamos en el mismo mundo, nuestra gran patria. Una esfera hermosa que permite la vida en diferentes rincones del planeta, debido a aquel azar del destino que llevó a un grupo de sapiens hacia las arenas del desierto y a otros hacia los bosques de América.
Seguimos desunidos; nos despedazamos alegremente entre nosotros, y luego redactamos libros de historia para justificar invasiones o las muertes de pueblos enteros que, más tarde, otros historiadores niegan, como el Holocausto judío, o ignoran olímpicamente, la masacre de africanos que fueron esclavizados y asesinados durante el expansionismo colonial de la “bondadosa” Europa.
La verdad es que somos depredadores altivos: matamos animales sin necesidad, solo para demostrar cuán hábiles somos, aunque con esa muerte aceleremos su extinción, destruimos el medio ambiente para obtener más dinero—solo unos pocos—y alteramos el clima, causando la desgracia de muchos. El dinero es la máxima aspiración del homo sapiens, y para conseguirlo, busca tretas ridículas muchas veces para iniciar guerras.
Lo increíble del homo sapiens es que carece de memoria y, una y otra vez, comete los mismos errores del pasado en el presente. Los países democráticos occidentales utilizaron una política de apaciguamiento con el exaltado Hitler, y es memorable la llegada del primer ministro inglés, Neville Chamberlain, a Londres con la sonrisa de haber contenido al líder nazi.
La vida le demostró que esos individuos nunca están satisfechos y, en 1939, las hordas hitlerianas invadieron Polonia. ¿No les parece muy similar a lo que hace el hijo de Putin, Vladimir? Lo curioso es que algunas naciones comienzan a retroceder en lugar de apoyar sin tregua la lucha de Ucrania; no se debe permitir que un país ataque a otro sin justificación real. Hombres como el mandamás ruso no son fáciles de complacer.
Somos mortales y todos enfrentaremos la muerte en algún momento. Sería bueno que lo reflexionaran los superricos, como lo declaró Steve Jobs, quien, a pesar de toda su fortuna, no pudo eliminar el cáncer. La muerte es igual para todos, sin excepción, y este pensamiento debería motivar más a los individuos a contribuir para dejar un mundo mejor al partir de este.
Ahora veo a un niño que corre alborozado al escaparse de los brazos de su madre. ¿Qué sucederá con esta criatura en los próximos años? ¿Encontrará un mundo menos bélico? No puedo adivinar. Por lo pronto, lucho contra mis dolores crónicos en los huesos y agradezco estar vivo para intentar hacer el bien en el pequeño ámbito que puedo alcanzar, sin entristecerme, porque al fin y al cabo soy un simple mortal.
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