UTOPÍA TRÁGICA.
Gilberto Dihigo - Tenía solo 9 años cuando arranqué la página central de una revista Verde Olivo, donde venía una planilla para ser un flamante alfabetizador. El único obstáculo para alcanzar ese deseo era la firma de mi madre, Delcina, quien, al escuchar mi reclamo, esbozó una sonrisa de negación y dijo: "Tú estás loco". Enfurruñado, salí del cuarto, y es que esos primeros años después de 1959, los niños, adolescentes y jóvenes estábamos sumidos en la utopía revolucionaria.
Había patrullas juveniles marchando de manera elegante en las calles, planes de becas con uniformes. Los padres estaban embelesados ante ese milagro de poder educar a sus hijos: libros y alimentos sin costo alguno. ¡Regio!
Era la revolución en su máxima expresión. Nadie prestaba atención a que, de forma gradual y sin pausa, el nuevo régimen inculcaba una ideología autoritaria, exclusiva e intolerante en las mentes de los jóvenes nacidos después de los 50 y finales de los 40.
¡Qué bella es la utopía!, un lugar mágico donde todos somos iguales, sin jerarquías. Bueno, jerarquías, como tal, existía solo una absoluta, la de nuestro líder y era buena, porque el comandante pertenecía al pueblo con su modestia y su ejemplo inspirador.
Todos éramos felices, a pesar de tener racionados los alimentos, pensando que no sería para siempre, porque más adelante tendríamos más leche que Holanda — ¡el comandante lo dijo! — y carne mejor que la de Argentina.
Vivíamos prácticamente en un cuento de hadas. Y, por supuesto, toda historia hermosa que se respete debe tener villanos, y el nuestro estaba a 90 millas del país y se llamaba Estados Unidos; por eso, no debíamos escuchar su música, ni seguir sus modas, y mucho menos deleitarnos con las actuaciones o libros de los traidores que decidieron marcharse del país, como Celia Cruz o Guillermo Cabrera Infante, personas malagradecidas que difamaban de nuestro querido proceso.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la utopía comenzó a fracturarse y miles de personas decidieron irse por el Mariel. Luego, en 1994, otros miles tomaron puertas, ventanas, todo lo que flotara, y escaparon en balsas improvisadas también de la isla.
La leche racionada, la carne perdida, todo se derrumbaba, y los jóvenes nacidos en los 50 y antes de los 40, quienes fueron alfabetizadores, subieron cinco veces el PicoTurquino, muchos lucharon en Angola, otros trabajaron en las micro-brigadas y cortaron caña, envejecieron y sus sueños de una vida mejor escaparon de sus realidades.
Hoy, esos antiguos jóvenes esperan las remesas de dinero que envían sus hijos u otros familias del extranjero. El hombre que les contó los cuentos desapareció, pero su familia y la de otros que estaban a su lado, viven una vida de lujos y excelencia en el país, mientras el resto de la población -el hombre de a pie-, carece de los productos alimenticios necesarios si no tiene la moneda por la que muchos fueron a la cárcel y ahora se presenta sin problemas.
¿Y la utopía? Esa en la que todos éramos iguales, donde, si nos esforzábamos, alcanzaríamos el paraíso. Pregúntenles a esos ancianos que caminan por las calles cabizbajos y los ojos sin esperanzas; aquellos que en su juventud apoyaron con todas sus fuerzas esa visión romántica de “uno para todos”, cuando en realidad resulto “todos para uno” , durante esos años, cuando la ingenuidad juvenil y el entusiasmo aceptaron las nuevas materias ideológicas que sirvieron para manipular sus mentes en un lavado cerebral bien premeditado. Al final, esa utopía es trágica para aquella juventud que ahora envejeció. En fin, el mal
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