Gracias Celia Cruz por Carnaval
Gilberto Dihigo.-La muerte de mi madre fue un desastre para mi existencia al provocar una depresión profunda cuando oculte dentro del pecho las emociones desencontradas y las encontradas, mas otras mas, un verdadero cóctel explosivo.
Fueron días de gran sufrimiento y tormento mental. Gracias a una amiga chilena, quien al verme en ese estado deplorable tuvo la empatía de llevarme a su terapeuta.
- No puedes seguir así Gilberto-, dijo
La reparadora de mentes fragmentadas escucho el torrente de palabras que hasta ese momento guardaba celosamente y entre los consejos el que más insistió fue:
- Gilberto si tienes ganas de llorar, hazlo, no importa si estas en el metro rodeado de personas, caminas por la calle o en un restaurante. Llora hasta que acaben tus lágrimas, tienes que sacar todo el dolor posible- replicó, con esa voz suave y convincente que me imagino tienen los expertos en este campo para calmar a las personas rotas emocionalmente que llegan ante ellos.
Días después de esa consulta caminaba por un gran parque mexicano, salía de un sitio donde pretendía organizar clases de bailes cubanos y fiestas -luchando la yuca como dice esa canción criolla- El día estaba claro y algunas parejas sentadas en el parque juraban amor eterno estrechándose las manos como preparación para apretar otras partes del cuerpo menos visibles; una madre con su niño más allá lanzaba besos al aire, en esos ademanes cariñosos que sólo las madres consiguen transmitir y no se si el pequeño arropado dentro del cochecito entendía, pero gorjeo de alegría y en medio de las visiones una música atronadora golpeaba los oídos en el andar pesaroso, hasta que el peso de la aflicción subió de manera veloz desde lo más hondo de mi ser, golpeó la garganta y finalmente llegó a los ojos.
Recordé el consejo de la terapeuta y sus palabras sonaban como campanas llamando a la libertad. "Llora Gilberto, llora" y como un pequeño riachuelo salieron las primera lágrimas que enseguida fueron una cascada donde corrieron mezclados resentimientos, dolor, rechazo a la muerte del ser querido, culpas; lloraba sin dejar de caminar, con un llanto silencioso y apagado.
De pronto la música aquella, que no identificaba bien, la cual me persiguió por todo el parque, finalmente pude entenderla al llegar frente a un camión que la disparaba por sus altoparlantes y sin dejar de llorar presté mejor atención, ya parado al final del parque.
Oh-oh-oh, ay
No hay que llorar (no hay que llorar)
Que la vida es un carnaval
Y las penas se van cantando
Todo aquel que piense que la vida
siempre es cruel
Tiene que saber que no es así
Que tan solo hay momentos malos
Y todo pasa.
Nuestra divina Celia llegaba como un ángel del cielo para darme el consuelo que necesitaba escuchar. Deje de llorar y abandone el parque al finalizar la canción.
Fue milagrosa esa inyección de optimismo que atravesó mi piel y luego, como un tornado, barrió la negatividad que reinaba en ese momento con los pensamientos proyectados en la mente que golpeaban mi yo sin piedad. Y como no hay uno, sin detrás un dos, semanas después descubrí la meditación, que gracias a esta técnica conseguí dormir y poco a poco escape del hueco depresivo.
Unos meses después Notimex me envió hacia República Dominicana como corresponsal y mi vida cambió completamente, pero esa es otra historia que tal vez cuente en otra ocasión.
Lo increíble de este encuentro reparador con la voz de Celia es que - tal vez no me crean esos escépticos de siempre- cada vez que estoy meditabundo con un problema y escucho la radio en el carro, ¿saben que tocan?. pues el Carnaval, cantado por Celia, aunque a decir verdad en una ocasión el mensaje llegó por Isaac Delgado, quien la interpreta también pero a decir verdad no como la reina de Cuba.
Ese tema es un desborde de buenos consejos terapéuticos, como este: “todo aquel que piense que la vida es cruel, nunca estará solo, Dios está con el”. Así es, para quienes tienen la fe en una divinidad y la llamen Jehová, Dios, Olofi, Zeus, la Energía Universal, o Marx y Engels, para los comunistas desenfrenados, u otro cualquier apelativo como quieran señalar, pero sienten que están conectados a esas experiencias extrasensoriales, sin dudas poseen en esa figuras divinas un remanso de tranquilidad espiritual.
Tal vez la energía de mi madre Delcina ayudó a que caminara por ese parque y escuchara la canción para que dejara de llorar y solo recordara los momentos felices que vivimos juntos por 42 años - la edad de la salida de Cuba-.
Que recordara nuestras risas cómplices, como cuando me le pegaba en la guagua y ella me decía en voz alta que me apartara detrás de ella, como si no me conociera y yo decía que en mi cabeza no estaba hacer eso con una mujer mayor y luego caminaba hacia la puerta del ómnibus refunfuñando en voz "baja" para que los curiosos oyeran, “mira que la vieja loca decir que yo me le pego” y ella también mirarme con mala cara y los chismosos de siempre vigilaban desde la ventanilla cuando los dos nos apeamos del ómnibus y ella y yo nos abrazábamos y nos marchábamos riendo y los de la guagua sin entender nada.
Mi madre siempre vive a mi lado y aunque confieso que hay fechas que salen algunas lagrimitas, ya no me desbordo al pensar en la canción de Celia de aquel dia que me recomendó, “no hay que llorar que la vida es un carnaval y que solo hay momentos malos y todo pasa. Eso es verdad. Todo es temporal y lo digo día a día cuando me río de este cáncer que me ataca y disfruto la jornada sin quejas porque sigo vivo cantando la vida es un carnaval.
Sin palabras
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