DEJARON LA INMORTAL ALEGRIA.
Gilberto Dihigo.- Camino lentamente por una calle oscura y desconocida. El aire sopla frío y provoca un ligero temblor en mi cuerpo. Aprieto los ojos, pero apenas puedo distinguir los contornos de las casas y edificios. No circulan autos, y el silencio golpea mis oídos como pesadas piedras que lastiman mi sentido del sonido. Muy cerca, observo un lugar iluminado del que salen fuertes voces. Acelero el paso para llegar sin demoras al local. Mi corazón galopa en el pecho, anhelo escapar de estas tinieblas y de la sensación de triste soledad.
Doy dos pasos más y penetro en el recinto iluminado. Venir de la espesa negrura y recibir de pronto esta explosión lumínica deja una breve turbulencia en mi vista que, gradualmente, vuelve a la normalidad y poco a poco distingo a las personas. A la izquierda, en pocos metros, escucho unas grandes carcajadas que emanan de un pequeño grupo donde, con su estilo simpático y locuaz, mi querido Franklin Standard, “El Toldo”, me saluda con un gesto de la mano, sin detener su chispeante historia. Está rodeado del gordo Eusebio López, Enrique Navarro “Henrycarr”, Greco Cid y Eloy “Pipí” Estevez, quienes premian con risas su relato. Los saludo a todos cuando giran la espalda. Eusebio y Franklin me llaman para que me una al grupo:
—Echa pa'ca, Gilbertico, —me dice el Toldo.
—Dale, Gilbert, —insiste Eusebio—. Tienes que oír este cuento del Toldo.
—Espérame, déjame llegar a la mesa de dominó a saludar primero, —replico.
Me acerco al escándalo habitual de “tú no tienes para ganarme” y la carcajada burlona que acompaña el grito de “yo soy el mejor y voy a ganar esta partida”, de Guillermo “Willy” Rego, quien señala con el dedo el asiento donde cuenta las fichas. Humberto “El Cofi” de Armas, desbordado de risas, dice:
—Oye, eso no cabe. Entren los otros dos, ya se fueron los hermanos de Armas, —grita Willy a todo pulmón, a lo que Juanito de Armas, en su estilo coloquial, responde: —Olvida a esa jeva, que nunca te quiso; todavía cabe.
La pareja de Willy, el querido Roberto Marquetti, afirma con moderación irónica:
—Deja, Willy, ellos están fuera de la mesa y no lo saben.
Willy comprueba la cuenta y lanza otra de sus carcajadas burlonas. —Marquetti, esos dos ya están al borde de la pollona. No te vayas lejos, Gilbert, —dice Humberto mientras revuelve las fichas. Juanito le reclama a su hermano: —Oye, aprieta a Marquetti, que yo me encargo de Willy. No te vayas lejos, Boca, —añade el Cofi—, que estos dos están fritos y no lo saben.
Me alejo a buscar una cerveza. En la barra, dos hombres hablan animadamente de economía y racismo. Ismaelito Zuaznabar y Ángel McCarthy me saludan de manera afectuosa. En tono de burla, les digo:
—Dejen la muela cervecera.
Ambos responden con risas. —¿Tú crees que nosotros, —dice Ismaelito— somos como tú, que siempre estás jodiendo?
Encojo los hombros y dejo a mis amigos en sus razonamientos.
Adalberto Cuevas, “El Niño”, y Angelito Santana están en otra parte de la barra bebiendo vino. -Es un cabernet americano,- afirma El Niño con su amplia risa. Siempre que algo está bueno, él indica que es americano. Angelito sonríe y estampa su noble sonrisa de muchacho bueno para afirmar, tartamudeando: —Está bueno el vino, Gilbert, toma un poco.
—Vengo enseguida, voy a saludar al resto y regreso, —afirmo, y encamino mis pasos hacia una mesa donde charlan Antonio Colarte y Félix Wilson. Con una cerveza en la mano, encuentro a Colarte, a quien siempre molesto en broma por su poca resistencia etílica. “Colo” tiene una de las mejores risas para mis chistes y bromas. Le recuerdo que su mujer me odia porque lo devuelvo borracho cuando salimos en Cienfuegos. Tony ríe con todo su cuerpo, una capacidad que, al verlo, incita a la risa de cualquiera y, por supuesto, no me hace caso.
El “Cabe”, como todos llamamos a Félix Wilson, escucha la conversación y, con su habitual mordacidad, se burla de mis grandes dientes. Yo, a su vez, regreso el ataque y le señalo su cabeza grande. Los tres reímos y yo le grito a los jugadores de dominó:
—Willy, avísame si sacas al Cofi.
—Carlos Chuffat, al otro extremo del salón, me grita: “Entro contigo en el dominó, no me dejes fuera”. Asiento con la cabeza y vuelvo la mirada, pero de repente, desaparecen Wilson y Colarte.
Todo se torna en una oscuridad cerrada y angustiosa; no veo a mis amigos y anhelo verlos, escuchar sus chistes. No comprendo qué ocurre. Cierro con fuerza los ojos y, al abrirlos, estoy en mi cama y comprendo que soñaba con mis queridos hermanos ya desaparecidos.
La tristeza por su partida y la alegría de recordarlos vívidamente llenan mi mañana. “Puedes llorar porque se ha ido o puedes sonreír porque ha vivido”, dice el fragmento de un poema, y sonrío porque, al recordarlos, siguen a mi lado con sus bromas, locuras y deseos de existir a plenitud. Ellos vivieron y viven en el corazón y la mente de quienes los conocimos. Ellos dejaron su inmortal alegría y asi es como hay que evocarlos.
Ciertamente me he recreado y disfrutado, como siempre, de tu capacidad y dominio del lenguaje, para transportarnos y llevarnos a recordar amigos descollantes, e inmemorables que dejaron su impronta en nuestras vidas.
ResponderEliminarMuchas gracias!🫂
Hasta yo disfrute de ese colectivo tan real,así eres de claro y elocuente,son tiempos y personas inolvidables
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