Ojalá vuelvan los caballeros
NADA HUMANO ME ES AJENO.
Gilberto Dihigo.- De niño mis libros favoritos eran los de Julio Verne, Alejandro Dumas, Emilio Salgari y Sir Walter Scott. Fantaseaba frente al espejo del cuarto de mi madre, caminando en un viaje al centro de la tierra o con mis queridos tres mosqueteros en duelo frente a los guardias de Richeliu o navegando por los mares del Caribe acompañando en su venganza al valiente Corsario Negro dentro de su barco “El Rayo”.
¡Ah, qué aventuras fueron aquellas!, inolvidables, pero de todos ellos guardaba respeto por Ivanhoe, el valeroso sajón que fue a las Cruzadas con el rey Ricardo “Corazón de león”, libro escrito por Sir Walter Scott y luego llevado al cine. Sobre ese personaje en cuestión tengo una anécdota personal.
Como admiraba a Ivanhoe y quería replicarlo, solicité en carta a los Reyes Magos, una armadura completa, incluso con el escudo de armas de Ivanhoe que mis ojos febriles contemplaron en una tienda de juguetes por las calle Monte. No creía que los hacedores me negaran esa petición, si años antes me otorgaron un traje de vaquero con pistolas, sombrero, botas y espuelas.
Llegó el día de esos reyes de marras, desperté y busqué el traje de caballero lleno de ilusión y solo encontré un juego de dominó - que todavía no sabía jugar por cierto- y un maletín con herramientas de carpintero. De más está decir el berrinche que arme y mi pobre madre, afligida que trata de consolar al energúmeno de su hijo, que chillaba como un pito de locomotora sin poder confesar la verdad de la mala situación de no poder comprar ese regalo tan caro. Años después me disculpé con mi madre.
Pero volvamos al singular caballero Ivanhoe, quien pese a estar herido fue al combate contra un malvado oponente normando para salvar de la hoguera a la bella judía Rebeca, papel que interpretó Elizabeth Taylor en el cine, acusada de bruja. Vale decir que Ivanhoe tenía una novia llamada Rowena - Joan Fontaine-, pero sin dudas la Taylor se llevaba el premio de belleza e hizo parpadear varias veces al bueno de Ivanhoe, protagonizado por Robert Taylor. Al final ganaron como siempre los buenos, Ivanhoe derrotó al normando. Hollywood siempre daba finales felices.
El recuerdo de ese libro, con su reto de caballeros, me hace preguntar ¿porque las guerras actuales no se deciden en el campo de honor? . Y así quienes combaten en ese torneo a muerte sean los presidentes. De esa manera no perecen tantos inocentes y por ejemplo Putin enfrentaría a Vladimir Zelenski o a un caballero designado por él. Esa alternativa hará pensar más a los señores de los ejecutivos, prestos a enviar hacia los campos de batallas a jóvenes como carne de cañón.
Los casos de agravio para guerrear, por lo general ambiciones económicas y de poder enmascaradas en lenguajes nacionalistas, se solucionan con dos espadas, o el arma que escojan, dos caballos y a pelear por el honor de su partido,. Es bueno que no luchen por el honor del país, el cual nada tiene que ver con los partidos, pese a sus afirmaciones engañosas, y lo mejor de esta variante es que cualquiera puede retar a un presidente si gobierna mal.
Qué maravilla, si un caballero reta a Daniel Ortega, Nicolas Maduro o Raul Castro. Una pelea sin ejércitos, ni aviación asesina que bombardea indiscriminadamente a civiles, ni cohetes sórdidos que al abrigo de la distancia siembra destrucción a diestra y siniestra.
Es cierto que esa época de caballeros fue también sangrienta por los tajos de las espadas y las penetraciones de las lanzas.. Los homos sapiens tienen una gran predilección en buscar formas de matar al otro sapiens de la manera más salvaje.
Ojalá que vuelvan los caballeros con sus vestimentas coloridas, sus códigos de honor, la fanfarria para liquidarse de forma individual y sangrienta, pero esa fantasia mia no se cumplirá porque ahora no hay caballos, ni espadas sino bombas aniquiladoras y la peor de todas la atómica que algunos de esos nuevos líderes hablan de ella como si fuera un simple petardo. Estos líderes actuales no son caballeros.
Un aumento de la caballerosidad en la sociedad, sería un buen comienzo.
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